Cómo seguir creando cuando el mundo duele
Una pequeña guía para artistas sensibles sobreviviendo en un mundo hostil XD
En las ultimas semanas me ha costado muchismo publicar.
No porque no tenga nada que decir. Todo lo contrario. Tengo una competencia acercándose, proyectos que me emocionan, clases, viajes, cosas que quiero bailar y momentos en los que genuinamente me siento feliz. Pero en las últimas semanas también han habido terremotos, incendios, accidentes y desgracias demasiado cerca como para simplemente fingir que no pasa nada.
Y yo tengo un pequeño problema: siento mucho.
Veo una noticia y no siempre puedo dejarla en la pantalla. Pienso en las personas. Imagino sus casas, sus animales, sus familias, las cosas que construyeron por años y que perdieron en minutos. Y si conozco a alguien involucrado, peor. Mi cabeza empieza a caminar por lugares a los que nadie la invitó jajan´t y cuando me doy cuenta, una tragedia que no me pasó a mi, ya está instalada dentro de mi cuerpo.
Entonces... aparece la culpa.
¿Cómo voy a subir un video bailando cuando el mundo afuera se está cayendo a pedazos?
¿Cómo voy a mostrarme feliz?
¿Cómo voy a emocionarme por viajar a competir a un país donde hace unos días hubo personas aterradas por un terremoto?
Y eso me hace empezar a entender que la sensibilidad también necesita límites, porque si no, esa misma empatía a veces se siente como si fuera mi responsabilidad.
Creo que crecer emocionalmente también consiste en aprender a sostener dos verdades contradictorias:
Puedo preocuparme por alguien que perdió su negocio y después preparar mi vestuario para una competencia. Puedo rezar por una familia en la mañana y bailar por la tarde. Puedo donar, acompañar, escribir para saber si alguien está bien y, unas horas después, reírme con mis amigas.
Porque una emoción no cancela la otra.
Y quizá esto sea especialmente importante para quienes hacemos arte, porque nuestro trabajo depende precisamente de conservar esa capacidad de sentir.
No quiero volverme indiferente para poder funcionar.
Pero tampoco quiero que cada cosa mala que pasa en el mundo tenga el poder de apagarme.
Porque si espero a que el mundo esté suficientemente bien para darme permiso de bailar, probablemente no vuelva a bailar nunca.
Siempre hay una guerra. Una enfermedad. Una injusticia. Una pérdida. La vida nunca estará completamente libre de dolor.
Pero tampoco estará completamente libre de belleza.
Y ambas cosas están coexistiendo al mismo tiempo.
He tenido que inventarme entonces un pequeño protocolo para esos días en los que el mundo se siente muy hostil:
Me informo. Me pregunto si puedo hacer algo. Actúo si puedo. Y después suelto.
Si alguien que conozco está cerca de una emergencia, escribo.
Si puedo ayudar, ayudo.
Si compartir información sirve realmente para algo, comparto.
Si necesito guardar silencio unas horas, lo hago.
Pero después intento volver.
A mi entrenamiento. A mis alumnas. A mi música. A mis proyectos. A mi vida.
Porque consumir veinte minutos de videos de una tragedia no necesariamente me convierte en una persona más empática. A veces solo convierte mi cuerpo en otro lugar donde la tragedia sigue expandiendose. Y desde ahí tampoco puedo ayudar mucho que digamos.
Creo que también he tenido que aprender a diferenciar mi ética de mi miedo al juicio.
A veces me he encontrado pensando:
“¿Qué van a pensar de mí si publico esto?”
Pero luego recuerdo que si intento construir una vida donde nadie pueda malinterpretarme, voy a terminar construyendo una vida diminuta.
Siempre habrá alguien que piense que hablaste demasiado.
Que hablaste poco.
Que debiste publicar.
Que debiste guardar silencio.
Que no era el momento de vender.
Que no era el momento de bailar.
Que estabas demasiado feliz.
Que hiciste contenido de una tragedia.
Que no usaste tu plataforma para dar visibilidad.
Y la verdad, yo no quiero construir mi ética alrededor de ser irreprochable ante la critica pública.
Prefiero construir principios.
No utilizar el dolor ajeno para volverme protagonista.
No convertir una tragedia que no me pertenece en contenido sobre mí.
Ayudar cuando realmente puedo ayudar.
Llorar si lo necesito.
Ser respetuosa cuando algo toca directamente a mi comunidad.
Hacer silencio cuando genuinamente necesito hacerlo.
Y después, volver.
Porque no necesito sufrir el mismo número de días que otra persona para demostrar que su dolor me importó.
Y tampoco necesito pedir perdón porque hoy estoy bien.
Puedo agradecer profundamente estar viva sin que ese agradecimiento sea una falta de respeto hacia quien está sufriendo.
Tal ves eso es lo que necesitamos:
Tener un corazón lo suficientemente abierto para que el mundo pueda conmoverme, pero unas raíces lo suficientemente profundas para que NO todo lo que pase pueda arrancarme de mi.
No quiero aprender a sentir menos. Quiero aprender a sentir sin desaparecer.
Porque tal ves y solo tal ves esa sea mi pequeña responsabilidad como artista.
No salvar al mundo.
No cargarlo entero.
Sino procurar que todo lo que todavía puedo sentir no termine convirtiéndose en silencio.
Que pase por mí.
Que me transforme.
Y que de alguna manera, vuelva convertido en arte.
Con amor y sinceridad, Mishell <3