La casa abandonada, el flamenco y el arte de escuchar
Mishell HuachoShare
(Crónicas de la semana 3 en residencia de danza)
Este fin de semana cumplí la tercera semana de la residencia de formación en danza, y siento que algo dentro de mí empezó a acomodarse de otra forma.
Las nuevas profesoras llegaron con un laboratorio llamado Descomposición coreográfica: movernos con las formas de vida que sobreviven en la urbe. Solo el nombre ya prometía algo distinto.
La propuesta era simple y profundamente incómoda para la mente que quiere controlarlo todo: escuchar, registrar y luego descomponer.
Escuchar el entorno.
Escuchar los cuerpos.
Escuchar lo que existe antes de que intentemos interpretarlo.
La primera tarea fue mirar un terreno baldío que está justo al lado del estudio donde practicamos. Una casa abandonada, maderas viejas, zinc oxidado, plantas creciendo donde pueden.
Y entonces empezó algo hermoso: cada persona veía un mundo distinto.
Un compañero habló de un helecho creciendo justo entre unas tejas. Para él era la metáfora perfecta de nosotros mismos: tratando de vivir la modernidad sin abandonar nuestras raíces.
Otra compañera dijo que lo único que podía pensar era en lo difícil que sería limpiar todo eso… y que definitivamente ya no quería hacerlo.
Alguien más recordó a sus gatos. Decía que uno de ellos sería muy feliz escondido en esos matorrales, pero que pensar en su gato perdido le daba nostalgia.
Cuando me tocó hablar, yo pensé en mi casa de infancia.
La arquitectura de esa casa abandonada era muy parecida a la de la casa donde crecí: piso de madera, estructura sencilla, un aire cálido que ahora estaba gastado por el tiempo. Me pregunté cómo estará mi casa ahora. Si estará así de vieja. Si habrá cambiado. Si habrá sobrevivido.
También pensé en las plantas.
Nos enseñan que las plantas son frágiles, pero en realidad son profundamente resilientes. Cortas un pedazo y vuelven a crecer. Crecen donde pueden. Donde nadie las invitó.
Y eso estaba pasando ahí: la naturaleza había reclamado ese espacio.
Pero también —y esto me dio un poco de risa decirlo en voz alta— esa casa tenía algo de la estética de Call Me by Your Name, que es una de mis películas favoritas. Esa sensación de campo, de verano, de una casa cálida con árboles frutales y una piscina medio natural.
Ese pequeño terreno baldío tenía, curiosamente, algo de ese sueño.
Después de compartir nuestras miradas hicimos un ejercicio muy potente. Nos sentamos en círculo y cada uno tenía que repetir la historia de otra persona mientras caminaba hacia su lugar.
No nuestra historia.
La del otro.
La maestra Tammy explicó que muchas veces estamos tan concentrados en lo que nosotros pensamos, sentimos o queremos decir que en realidad no escuchamos. Y eso no solo pasa cuando conversamos.
También pasa cuando bailamos.
Nos olvidamos de que bailamos con otros cuerpos.
Que compartimos escena.
Que la danza también es escucha.
Ese ejercicio fue precioso.
Luego vino otra parte del laboratorio que me encantó profundamente. Exploramos cómo nace el movimiento desde el cuerpo mismo.
Trabajamos con pliés, transferencia de peso, puntos de apoyo y puntos libres. La profesora nos decía que imaginemos que nuestros pies tienen narices, olfateando el espacio mientras caminamos.
Exploramos cómo una articulación puede iniciar un movimiento: la muñeca, el hombro, la cadera. Cómo el cuerpo puede ir hacia adelante o hacia atrás dependiendo de esos pequeños impulsos.
Y ahí pasó algo hermoso.
Las coreografías dejaron de ser movimientos preestablecidos. Empezaron a nacer desde hasta dónde mi cuerpo puede moverse.
Fue un proceso de escucha muy activo.
Y por primera vez en varios laboratorios sentí algo muy claro:
me sentí libre.
Sentí que bailaba.
Sentí que registraba el movimiento no solo con palabras, sino con el cuerpo.
Fue una de mis clases favoritas.
Luego tuvimos una clase teórica con Tamia Wayasamín sobre colonialidad y modernidad. Nos explicó que muchas veces pensamos que la modernidad es lo opuesto a la colonialidad, cuando en realidad son dos caras de la misma moneda.
La colonialidad fue el sistema que clasificó a los humanos por razas y jerarquías cuando América fue invadida. Y la modernidad muchas veces continúa esa lógica intentando “progresar” alejándonos de nuestras raíces.
Nos habló de algo muy potente: gestos decoloniales.
Gestos no como ideas abstractas, sino como acciones, obras, performances que cuestionen esos sistemas.
También habló del lenguaje. Por ejemplo, explicó que la palabra denigrar literalmente significa “ennegrecer”, lo cual revela cómo incluso el lenguaje reproduce jerarquías históricas.
La invitación no era negar lo que somos, sino reconocer que somos mezcla: andinos, españoles, amazónicos, contemporáneos. Y que como artistas podemos empezar a actuar desde una conciencia crítica de todo eso.
La última clase fue flamenco con la maestra Adriana Mosquera.
Ella hablaba del ritmo como motor del mundo. De cómo el flamenco nace de contextos marginales, de comunidades que tuvieron que hacerse pequeñas para sobrevivir… y que por eso bailan con tanta fuerza, con tanta dignidad.
El flamenco se baila con carácter.
Y ahí descubrí algo incómodo sobre mí.
Aunque el pole también es fuerte, hay momentos donde me cuesta ocupar espacio. Mirar a los ojos. Plantarme.
Me costó incluso entender las cuentas. El flamenco trabaja con compases de doce tiempos y mi cerebro simplemente no entendía nada al principio.
Me frustré.
Me dolían los pies.
Estaba bailando sin zapatos.
Una profesora incluso se acercó a decirnos a mí y a otra compañera que usáramos la misma fuerza que habíamos mostrado en la clase de contemporáneo.
Pero al segundo día todo cambió.
Mi cuerpo lo había integrado mejor. Empecé a entender las cuentas. Bailé con más carácter. No fue perfecto —ni de cerca— pero lo intenté con todo.
Y ver a la maestra tocar las castañuelas, bailar y entrar en su zona de maestría fue impresionante. Es increíble ver a una artista completamente habitando lo que hace.
Son cuerpos muy entrenados, sí.
Pero lo más impresionante es que son cuerpos libres.
Y eso me inspira mucho.
Algún día (no muy lejano) quiero sentir esa misma libertad.