Semana 1 en formación de danza
Mishell HuachoShare
Casi me muero!
La primera clase fue sobre la cuarta mirada:
la del director,
la del intérprete,
la del espectador
y la de la danza misma.
Como si existiera un dios del movimiento bailando a través de nosotras y mirandonos desde adentro.
Y ahí entendí algo que me incomodó un poco:
La danza existe sin mí.
No depende de mi talento.
No depende de mis puntas.
No depende de mi marca.
La danza ya está.
Yo solo la atravieso.
Después vino el laboratorio con Carolina Vascones.
Rodar como lentejita.
Correr chueco.
Abrazar el aire.
Dejar de hacer puntas.
Dejar de ser técnica.
Perder la ilusión de control.
Volver a moverme como cuando era niña.
Como animal.
Como llama.
Como mujer andina.
Como alguien que no intenta parecer europea.
Ahí entendí que estoy tan acostumbrada a construir,
a estructurar,
a dirigir,
que olvidé que antes de ser maestra
también fui cuerpo.
Luego vino la danza afro con Erika y Nicole, madre e hija. Nos hablaron de la cultura afro como resistencia.
Identidad.
Memoria.
Comunidad.
Espíritu.
Bailamos ritmos tradicionales: Canoíta (6/8), Andarele (2/4), Bambuco…
Y el cuerpo fue otra cosa.
Fue tierra.
Fue pelvis.
Fue grito.
Fue falda.
Fue círculo.
Ese mismo fin de semana me tragué un pedazo de vidrio.
Literal.
Entré en pánico.
Mi cerebro se imaginó los peores escenarios posibles.
Sentí que algo invisible adentro de mí podía matarme
y que yo no tenía ningún control.
Pero mi cuerpo lo resolvió solo.
No necesité salvarme.
No necesité diseñar un plan.
No necesité controlarlo todo. Como siempre acostumbro.
Solo necesité tiempo y dejar que mi cuerpo lo resuelva solo.
Parecía solo un vidrio, pero era la misma lección repitiéndose, confrontar mi ego de directora, mi necesidad de control y mi gusto casi obsesivo de estructurar todo.
Y tal ves de eso se trataba toda la semana.